Las vírgenes suicidas: la asfixia de ser una chica

Gabriela García
Maestrante en Antropología Social, CIESAS Ciudad de México


Imagen tomada del sitio de internet IMDb.


Una tina llena de agua que no es transparente. Tiene un ligero tono rosado, casi tan apagado como el cuerpo que flota en su interior. Es una chica. Su rostro aún muestra algunas de las redondeces características de la infancia, a la par que deja asomar los cambios que trae la adolescencia. Los ojos, nariz y boca salen del agua, mientras el cabello se sumerge, formando una nube alrededor del rostro. La toma evoca a los retratos de Ofelia, la damisela trágica de Shakespeare, cuyo cadáver yace en un río, rodeado de flores. Más allá del paralelismo visual, ambos personajes están unidos por el mismo destino. Pero Cecilia, la joven de la tina, no está muerta. No aún. Mientras espera a que la den de alta del hospital, el médico le pregunta cómo fue capaz de intentar suicidarse a su tierna edad. “¿Qué haces aquí, cariño? Ni siquiera estás lo suficientemente grande para saber lo dura que se pone la vida”. Cecilia, con la tranquilidad de quien revela lo evidente, contesta “Obviamente, doctor, usted nunca fue una niña de 13 años”.

Con estas escenas da inicio The virgin suicides,[1] cinta debut de Sofia Coppola, basada en la novela homónima de Jeffrey Eugenides. La historia gira en torno a las hermanas Lisbon, todas ellas adolescentes, y retrata algunas de las preocupaciones centrales de dicha etapa, como los cuestionamientos sobre la identidad propia y la de lxs otrxs, el descubrimiento de la sexualidad y la lucha contra las expectativas y límites que se imponen sobre los cuerpos de las mujeres. A pesar de no ser un filme actual, sigue vigente por su abordaje de la melancolía adolescente, así como por la mirada que construye en torno a esa edad. Más allá de verla como una mera etapa de tránsito, con miras siempre hacia el devenir en adultxs, Coppola se centra en el aquí y el ahora. A diferencia de otras coming of age movies, no hay expectativas o guiños hacia el futuro. En su lugar, encontramos una mezcla compleja de emociones, de sentires que llenan tanto que desbordan, de incertidumbre ante un mundo que se percibe como ajeno e impotencia ante la falta de autonomía e independencia.

La acción se desarrolla en los suburbios de Michigan, en donde las casas con grandes porches y jardines delanteros son la norma. Los Lisbon viven en una de esas propiedades, despertando cuchicheos de los vecinos por la peculiaridad de la familia. Todos se preguntan cómo el padre, quien es profesor de matemáticas en la escuela local y la madre, una católica ultra conservadora, pudieron crear a cinco hijas tan bellas. Cecilia, Lux, Bonnie, Mary y Therese son la obsesión de los jóvenes del vecindario, a través de cuyos ojos se relata la historia. Este juego entre la mirada masculina y la femenina es uno de los aspectos más interesantes del filme y genera un retrato complejo de las Lisbon. Coppola, quien a partir de entonces se volvería famosa por su estilo “bonito”,[2] logra un equilibrio tanto narrativo como visual en la representación de las adolescentes. Mientras sus admiradores (a través de la mirada masculina) resaltan las cualidades físicas de las Lisbon y las consideran perfectas e inalcanzables, Coppola las muestra como adolescentes mundanas, que enfrentan múltiples presiones, internas y externas, mientras descubren su lugar en el mundo.

La película está situada en los años setenta, con la crisis de la industria automotriz de Detroit como telón de fondo. De este modo, el idílico mundo en el que viven las Lisbon, esa burbuja que las protege y encierra, se encuentra en peligro. Su infancia, así como la vida acomodada de las clases medias en los suburbios, están terminando. Es ante este contexto de cambios e incertidumbre que los padres de las Lisbon desean extender lo más posible la dependencia de sus hijas, en un intento por controlar algo, lo que sea, del mar de transformaciones que se les vienen encima. Por ello, ejercen una férrea vigilancia sobre sus cuerpos y sus afectos, construyendo una tensión que eventualmente alcanza un punto de quiebre.

Ante la sugerencia del psiquiatra para extender la vida social de las Lisbon y que se relacionen con hombres de su edad, los padres organizan una fiesta en casa. Todas las hermanas se emocionan y reciben, entre rubores y risas nerviosas, a los jóvenes del vecindario. Cecilia accede a participar en la fiesta. Incluso deja que una de sus hermanas coloque pulseras de cuentas de colores sobre las vendas que cubren las cicatrices de cortes en sus muñecas. Han pasado semanas desde que intentó suicidarse y el psiquiatra llegó a la conclusión de que ella realmente no quería morir, solo quería atención. Por eso sugiere que sus padres le permitan convivir con hombres, pues de ahí ha de venir esa tan deseada atención. Sin embargo, conforme la fiesta avanza, Cecilia luce cada vez más incómoda. Mientras sus hermanas coquetean de manera inexperta con los jóvenes, ella sólo se hunde cada vez más. Minutos más tarde, abandona la reunión y se avienta por la ventana de su habitación. Su cuerpo queda empalado sobre la cerca del bien cuidado jardín. La burbuja se ha roto.

El suicidio de Cecilia marca el inicio del final para los Lisbon. Aun cuando la familia trata de retornar a su vida, la ira, pérdida, desconcierto, dolor y sobreprotección se suman a las crisis de las adolescentes para crear una mezcla fatal. Los jóvenes del vecindario logran hacerse del diario de Cecilia y lo leen ávidamente, tratando de conocer y entender a esas adolescentes que se han vuelto su obsesión. Sin embargo, por más que tratan, no lo logran. “Sentimos el encarcelamiento de ser una niña”, concluye uno de ellos, dejando entrever que lo que llevó a Cecilia a la muerte fue la necesidad de escapar de los moldes a los que se sabía atada. Contrario a lo que había determinado el psiquiatra, la joven no quería llamar la atención. De esta manera, la película también introduce la salud mental en la adolescencia como un tópico central, que solía ser abordado como algo de poca importancia o pasajero.

El siguiente punto de quiebre sucede en el baile de graduación. Los padres de las Lisbon les permiten asistir y ahí van las cuatro hermanas, con vestidos confeccionados por su madre, que, a manera de sacos de papas, ocultan sus cuerpos. En ese baile, Lux, tiene su primer encuentro sexual. Su pareja la deja abandonada en el campo de futbol y debe regresar sola a casa. A ojos de sus padres, está manchada. El descubrimiento y ejercicio de su sexualidad constituye algo imperdonable. A partir de entonces, el control de los padres se intensifica. Las hermanas ya no pueden salir de casa y se limitan a vivir a través de su imaginación, ordenando catálogos de viaje por correo.

A nivel visual, sucede otra transformación relevante. Antes, todas las Lisbon salían envueltas en un halo de luz solar, que acentuaba sus cabellos rubios y transmitía su calidez y alegría hacia la vida. A partir del incidente del baile, esto cambia. Ahora, el interior de la casa de los Lisbon aparece en tonos azules y verdes. Una suerte de pátina de tristeza cubre lo que otrora fue bello. Tanto visual como narrativamente, Coppola va construyendo tensión, pero está contenida. Hasta para expresar su ira y dolor las jóvenes se deben ceñir a lo que su género les impone. Lo ocultan hasta que ya no pueden más. El quiebre definitivo sucede con el suicidio de las cuatro hermanas restantes. Sus enamorados son quienes encuentran los cadáveres. La muerte de las hermanas se equipara entonces con la muerte del vecindario, con la época de bonanza de las clases medias y, en específico, del fin de ese aquí y ahora, en el que todo es posible, de la adolescencia.

Si bien mucho se puede criticar del trabajo de Coppola, sobre todo su enfoque en clases privilegiadas y blancas, es una de las cineastas que mejor logran retratar a las mujeres adolescentes. The virgin suicides se mantiene como una cinta vigente y precursora en el tratamiento de la complejidad emocional y psicológica de la adolescencia. En ningún momento se trata de minimizar aquello que sienten las jóvenes o sus preocupaciones, ni se les asume como personas valiosas en tanto su potencial adulto. A fin de cuentas, es en esos años que todo se siente permanente, transformador y posible.

I’m a high school lover, and you’re my favorite flavor.

Love is all, all my soul.

You’re my playground love

  1. La película fue escrita y dirigida por Sofia Coppola y se estrenó en 1999.
  2. Esta estética bien cuidada, así como el uso de colores pastel y de aquello asociado con lo “bonito” y lo “femenino” es, a la vez, el triunfo y la desgracia de Coppola, pues muchos críticos han cuestionado sus películas por lo bien logrado de su forma, pero lo pobre de su contenido. Sin embargo, como expone Anna Backman en “Sofia Coppola: The Politics of Visual Pleasure”, este cuidado por lo estético no es inocente ni debe ser confundido con lo superficial, además de que mucha de la crítica hacia Coppola está cargada de visiones machistas, que consideran que las historias que cuenta son femeninas e irrelevantes.

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