“Mujeres de calicanto”: memoria social desde la invisibilización. Potosí, Bolivia

Daniela Aguirre-Torres
wvilat@gmail.com

Esta propuesta parte de mi interés, etnográfico y artístico, en la memoria social de un periodo crítico en la historia contemporánea de Bolivia, desde el relato y el cuerpo individual y colectivo de dos mujeres comunistas y sindicalistas, Elena Torres y Bertha León, para mostrar los efectos de la crisis política y económica al interior y exterior de una familia y evidenciar el machismo vigente alrededor del sindicalismo en la ciudad de Potosí. El periodo seleccionado para esta investigación corresponde a la década de 1983 a 1993, que enmarca tres eventos críticos para Potosí y el país: la sequía de 1983, la devaluación y la hiperinflación entre 1982 y 1985, y la instauración del neoliberalismo con la Nueva Política Económica (NPE) y la relocalización de mineros entre 1985 y 1989 que, posteriormente, dio lugar a la privatización de empresas estatales a partir de la década de 1990. Estos eventos, además de su importancia política y económica en la historia de Bolivia, están asociados a mi niñez y adolescencia y, por tanto, a la conformación de mi memoria desde el espacio familiar.

¿Cuál es la relevancia de narrar la historia desde las mujeres y sus familias? En primer lugar, porque la historia tiene un vacío de las voces de mujeres, niñas y niños. En segundo lugar, porque permite abordar el espacio individual y familiar para llegar al espacio público, ambos considerados políticos, y evidenciar experiencias, emociones, conocimientos y relaciones de poder veladas (como el machismo vigente en las instituciones sociales de la familia y el sindicalismo). Desde esta perspectiva, la memoria social y las historias de vida, como recursos de la etnografía multilocal, remiten a procesos de recuerdo y olvido que generan narrativas, tramas y alegorías “ricas de conexiones, asociaciones y relaciones para conformar objetos de estudio multilocales” (Marcus 2001, 120), y “revelan yuxtaposiciones de contextos sociales mediante una sucesión de experiencias narradas individualmente, que pueden ser desconocidas en el estudio estructural de procesos de este tipo” (Marcus 2001, 121).

La metodología de la propuesta se enmarca en los recursos de la antropología del arte, como: la etnografía de las historias de vida a través de entrevistas profundas a Elena y sus hijos, un grupo focal en el caso de Bertha y su familia, registros audiovisuales cortos y registro de fotografías familiares; registros fotográficos y sonoros de la ciudad de Potosí; revisión de archivo en la hemeroteca de la Casa Nacional de la Moneda y en la biblioteca personal de Elena Torres. Con todos estos elementos construí un producto audiovisual final, considerando las funciones simbólica, epistémica y estética de la imagen, señaladas por Jacques Amont.

De acuerdo con los conceptos de enacción de Varela (1990) y la producción de subjetividades de Guattari, son las personas las que definen su punto de vista sobre un hecho, de acuerdo a su relación con el medio, el contexto y la sociedad en la cual interactúan. En este sentido, la memoria social de un periodo histórico en Bolivia desde el relato de estas dos mujeres y sus familias, está atravesada por la condición social, el género, la etnicidad y los grupos de edad -componentes esenciales de la identidad colectiva. La identidad de género, la clase social y la etnicidad constituyen elementos fundamentales desde los cuales las mujeres narran los eventos históricos y la experiencia de su propia historia de lucha, para reconstruir la relación entre lo interno y externo -individual/familiar y colectivo. En tanto que, la identidad generacional -hija menor, hijo mayor, madre- en la narrativa, evidencia la forma particular de vivir y recordar el pasado en asociación con un evento histórico; en palabras de Varela (1990), nos remite a micromundos y microsituaciones referidos a la inmediatez de una situación dada, una disposición a la acción propia de cada situación específica que se vive. Los hijos mayores, en este caso, fueron los muros de contención para las hermanas menores frente a situaciones sociales y políticas complejas alrededor de las madres, a partir de lo cual emergieron sentimientos de angustia, rechazo y rabia hacia las acciones políticas de sus progenitoras.

En la transformación de la agencia del índice (Gell 1998) dentro de la investigación -de la reconstrucción de la historia desde el relato de las mujeres hacia el producto audiovisual final con base en el registro fotográfico y sonoro-, las funciones simbólica, epistémica y estética de la imagen fotográfica y el registro sonoro se hicieron evidentes. Por un lado, el asombro constante por lo nuevo y su asociación con el pasado y mi memoria durante mi recorrido diario hacia la Casa de la Moneda, que fueron claves para identificar los lugares y los ángulos para las tomas fotográficas y el registro sonoro; pensadas y visualizadas desde su significado, contexto y situación. Por otro, el cambio en la mirada de las fotos familiares, entendidas no solo como recuerdos, sino como objetos llenos de significado que evocan vivencias, eventos, contextos, emociones, conflictos y tránsitos; como señala Edwards “la compresión de la fotografía abarca la comprensión tanto de articulaciones culturalmente específicas de la naturaleza de la foto como de su conexión con las especificidades de la emoción, la imaginación, la historia y la política” (Edwards 2009, 106).

Otro de los hallazgos importantes en este proceso, se refiere a la parte central de toda investigación: la objetividad. Al ser yo parte de las narrativas de la historia, me coloqué en una doble posición, de investigadora y sujeto de la investigación. Desde esa perspectiva, mantener un equilibrio entre mi objetividad y mi subjetividad fue un reto constante, en el cual jugó un papel fundamental la relación dialógica con las personas entrevistadas y su espacio, expresada en un diálogo desde las emociones y experiencias compartidas, reconociendo que construimos objetividad desde el encuentro de nuestras subjetividades. Esta doble posición también me llevó a repensar las preguntas, respetando la privacidad y el derecho al silencio de la persona, especialmente en contextos de cercanía familiar.

Cada párrafo, argumentativo y de descubrimientos en este proceso, evidencia los grandes aportes de la antropología del arte a través de su carácter inter y transdisciplinar. Entre ellos, la aplicación de la etnografía multilocal para el abordaje de la memoria social; la transformación en la percepción y la observación de lo cotidiano, del contexto cercano y propio, en la cual cobra relevancia lo micro, el lugar, que permite construir narrativas sobre los espacios, eventos, objetos e historias desde otra mirada; la posibilidad de articular la objetividad con la subjetividad, sin perder la capacidad de análisis y emoción. A este nuevo mirar, a este nuevo escuchar, la antropología del arte contribuye con nuevas herramientas metodológicas, como la etnografía de la fotografía, los fonogramas como registros sociales y artísticos, las microgreografías o construcción de espacios simbólicos y el análisis de los objetos desde el concepto de agencia de Gell.

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