De princesa a Cinderella. Clases altas, migración forzada y trabajo del hogar

Séverine Durin
CIESAS Noreste

A solicitud de Erynn Masi de Casanova (University of Cincinnati) quien coordinó la mesa redonda “Continuidades y Rupturas en el Trabajo Doméstico Remunerado” en en marco del Congreso LASA 2017, presenté la ponencia “De princesa a Cinderella. Clases altas, migración forzada y trabajo del hogar”.

En mi participación hablé sobre Eduardo, un hombre de unos cincuenta años de edad, nacido en Monterrey, quien reside desde el año 2014 en la provincia de Quebec en Canadá, un país al que buscó emigrar por cuestiones de seguridad desde el año 2010, cuando esa ciudad mexicana se volvió un campo de batalla de la llamada “Guerra contra el narcotráfico”. Acerca de su experiencia en Canadá, la cual considera muy positiva, expresa que:

El único problema que hay allá, es que no hay muchacha de servicio, es muy escasa. […] Es de lo que más hemos batallado porque aquí teníamos chofer, teníamos gente de servicio, teníamos todo y mis hijos, todos estábamos acostumbrados a que nosotros nos íbamos a París y luego se quedaban aquí los hijos y luego los cuidaba la muchacha de servicio y allá nada. Entonces pues el sueldo mínimo son 22,000 pesos mensuales, imagínese una muchacha de servicio que le pagues 22,000 pesos, 11 dólares, lo más bajo y lo más ruin que puedes pagar son 11 dólares la hora. Sí y mejor ando sin planchar que pagar esas cantidades, entonces por eso, se hace uno québecquois, francés, porque tiene que cambiar una cosa con la otra, la seguridad con la comodidad [Eduardo, 18/07/2015].

La antropología es una disciplina que nos invita a escuchar y reflexionar acerca de lo que se sale del guion. A mí, me interesaba hablar de las experiencias de desplazamiento forzado por la violencia generalizada, y no tenía pensado hablar sobre el tema que había ocupado mis pensamientos por años, las trabajadoras del hogar de planta en Monterrey, llamadas “muchachas” por los empleadores. Sin embargo, en ésta y otras muchas entrevistas con regiomontanos quienes huyeron de su ciudad por la inseguridad, mujeres y varones desplazados comentaron que una de las mayores dificultades de adaptación en los Estados Unidos y Canadá se debió a “la ayuda”, un eufemismo comúnmente usado que alude al trabajo del hogar remunerado que realizan mujeres, muchas de las veces migrantes de origen rural e indígenas, bajo las órdenes de la patrona, a quienes llaman “la señora de la casa”. De acuerdo con los roles de género, la señora es la responsable del mantenimiento de la casa, mientras la trabajadora del hogar la “ayuda” a cumplir con este precepto. A su vez, al “señor” se le ve poco en casa y es quien debe proveer de recursos para pagar el salario de la trabajadora.

Si bien la relación social en cuestión pareciera construirse entre dos mujeres, ésta es producto de un sistema patriarcal, y como lo deja a entender la cita inicial, a los varones les importa mucho el tema, porque si no hay quien “ayude” a su esposa con las tareas de limpieza y cuidados, reina el caos en la casa. Peor aún, mujer, marido e hijos podrían verse obligados a meter mano. Así que más vale pagar para que alguien lave ajeno, a que uno tenga que hacerse cargo de lavar ropa y baños, además de cuidar los niños, comprar la despensa y hacer de comer. Todo es cuestión de estilo de vida: ser una familia “bien” en Monterrey supone contar con personal de servicio.

En esta ponencia mostré cuán importante es la contratación de trabajadoras del hogar para la reproducción de un estilo de vida privilegiado, y para esto, recurro a una demostración por medio del contrario, es decir, me pregunto ¿qué pasa el día que no hay quien asea la casa y cuide a los niños en ausencia de los padres? Pude haber llamado esta ponencia “Un día sin ayuda” pero el trabajo de campo me ofreció excelentes analogías, y la cita más aludida más hablar de la transformación sociocultural ocurrida fue “princesa mexicana: cinderella americana”. [1]

Para este análisis, recurrí al estudio de Rhacel Salazar Parreñas (2001)[2] acerca de las dislocaciones vividas por las migrantes filipinas en Los Ángeles y Roma en torno a la separación de su familia, la ciudadanía en el origen y el destino, la movilidad de clase y la relación con la comunidad migrante. Segundo, al estudio de Cecilia Jiménez (2011) sobre la movilidad social descendente de las clases medias argentinas, quien definió el desclasamiento como “una pérdida respecto a la posición […] pérdida que se patentiza en los estilos de vida, que funcionan como traducciones simbólicas de las posiciones de clase” (2011: 52). [3]

En mi actual estudio sobre los norestenses desplazados a Texas por la crisis de seguridad pública, observé que algunos sufrieron un profundo desclasamiento al pasar de ser dueños de un negocio en México a empleados, vendedores o trabajadores indocumentados en los Estados Unidos, cuyas experiencias de refugio están marcadas por el terror vivido en el momento de la huida, y las dificultades para reconstruir una posición de clase en el destino. Otros, procedentes del medio empresarial regiomontano, ahora instalados en el norte de San Antonio, con ingresos en pesos y gastos en dólares, se sintieron venidos a menos al tener que cuidar las finanzas del hogar. Es así como esposa y marido se hicieron cargo de tareas de limpieza y cuidado, para no contratar trabajadores del hogar, una situación contraria al estilo de vida de las clases medias altas y altas en Monterrey.

En su medio de origen, contar con trabajadores del hogar es parte irrenunciable de un estilo de vida donde niños y varones se ven eximidos de la realización de tareas de limpieza y cuidados, y se espera que los varones aporten los recursos para contratar el personal destinado el mantenimiento de la casa. Al tener que irse repentinamente para resguardarse en el vecino país, experimentaron una desestructuración de su entorno, y dejaron atrás un orden social que permite el pago de salarios nimios y la exención de cualquier tipo de prestación a los trabajadores del hogar. El desclasamiento deviene dislocación de género en el momento que los varones se ven privados de actividades a realizar en la empresa y de los recursos suficientes para sufragar una mano de obra mucho mejor pagada que en México. Otros, como Eduardo, quien ahora vive en Québec, se han resignado a realizar cambios en su estilo de vida: “mejor ando sin planchar que pagar esas cantidades, entonces por eso, se hace uno québecquois, francés, porque tiene que cambiar una cosa con la otra, la seguridad con la comodidad”.


[1] Xabelia. Cuéntame un cuento (2014), http://xabelia.blogspot.fr/2014/02/cuentame-un-cuento.html, página consultada el 16 de marzo de 2017

[2] Parreñas, Rhacel Salazar, 2001, Servants of Globalization: Women, Migration, and Domestic work, Stanford University Press, Stanford.

[3] Jiménez, Cecilia, 2011, “¿Empobrecimiento o desclasamiento? La Dimensión simbólica de la desigualdad social”, Trabajo y Sociedad núm. 17, Vol. XV, invierno 2011, Argentina, disponible en http://www.unse.edu.ar/trabajoysociedad/17%20JIMENEZ%20ZUNINO%20Desclasamiento.pdf, página consultada el 29 de septiembre de 2016.

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