La educación mia, tuya y de todos

A veces suele ocurrir (o quizás no) que haces una retrospectiva de tu vida y te das cuenta de que pasaste una gran etapa entre las paredes de un aula. Entonces de 24 horas que tiene el día ocho son para la escuela, ocho o más para dormir y el resto para la casa. ¿Pero y si las ocho horas de escuela crean vacío, confusión y bifurcaciones no esperadas, y si la familia no puede aclarar las dudas no saldadas por la escuela?: Los agujeros de conocimiento llegan a convertirse en océanos insondables.

Hace solo un año llegué de Cuba a México a cursar la Maestría en Antropología Social en CIESAS/Golfo. Como muchos otros asuntos sobre México, desconocía por completo la situación de la educación aquí. Las incongruencias, desajustes y desniveles educacionales pude conocerlos un poco por las conversaciones del doctor Felipe Hevia sobre el proyecto mia. Por eso, cuando me sugirió participar como voluntaria en mia, para aplicar encuestas en Puebla, acepté para conocer un poco qué tal andan los caminos de la educación en una parte de México.

Por mia realicé mi primer y único viaje a Puebla hasta la fecha. Desconocía por completo el entorno, y el rumor que más había llegado hasta mí sobre los poblanos era lo cerrado que podían ser. Pero la primera persona a quien tocamos la puerta para hacer la encuesta, echó un poco a un lado los prejuicios sobre cómo sería nuestro acceso a las viviendas. El señor y sus nietos nos apoyaron en todo momento y el abuelo mostró particular interés por contribuir al futuro educacional de sus hijos.

Luego que salimos de esta casa, hallar la disponibilidad de otra persona nos costó más de media hora porque o no recibíamos respuesta al tocar la puerta, o iban de salida y no podían atendernos o no tenían niños en la escuela. El ánimo de las primeras encuestas comenzó a decaer hasta que poco a poco encontramos varias personas disponibles.

Señoras apuradas porque estaban en faenas laborales del hogar, atendiendo sus negocios o gente con la mayor paciencia y disposición a colaborar, fueron la Pi constante en nuestra travesía por una colonia popular de Puebla. De vez en cuando daba una mirada a las respuestas de los niños y me asombraba al ver niños de tercer o cuarto grado no poder responder sencillas operaciones aritméticas que debían haber vencido uno o dos cursos anteriores.

Una vez que terminamos el número de encuestas propuestas para la primera colonia, pasamos hacia la próxima zona a encuestar, que estaba muy cerca del primer punto de partida. Cuando comenzamos a avanzar por las calles las diferencias resultaron abismales, parecía que habíamos pasado a mundos distintos. El primer choque fue encontrarnos con calles prácticamente vacías, sin personas ni árboles y casas que parecían echas en serie, ubicadas en fraccionamientos.

Entrar al primer fraccionamiento no fue un problema, pues resultó que no contaba con custodio. Lo complicado fue encontrar a alguien dispuesto a hablar con nosotros. Tocábamos el timbre y nadie contestaba, entonces luego observábamos que las cortinas de las ventas se movían “misteriosamente”. Nos observaban y al ver que éramos una visita no esperada y no deseada, no contestaban. Dentro del primer fraccionamiento al que fuimos solo tuvimos la disposición de una sola familia.

En los demás fraccionamientos la historia volvió a repetirse. Una señora que accedió a que sus hijos respondieran las preguntas de la encuesta nos recibió en la parte de afuera de su casa porque no confiaba en nosotros (a pesar de andábamos con playeras, gorras e identificación de mia). Nos pidió disculpas por la desconfianza, pero el problema era la situación de inseguridad en que vivían.

Entre el paso de calles de tierra a fraccionamientos rigurosamente ordenados y asfaltados, estuvimos todo el tiempo. Al final de la jornada pudimos cumplir con el plan propuesto, a pesar de los sinsabores y las miradas acusatorias. No obstante, los ánimos y desánimos del día soy consciente de que sin los cientos de voluntarios que apoyan a mia en su labor, los deseos de cuestionar e intentar transformar los caminos de la educación en México serían aún más escabrosos y difíciles.

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